Por Jesús Anderson García Rivera
Un joven llamado Bryan estaba muy
triste en su casa porque su padre lo había regañado fuertemente por haber
llegado la noche anterior de una fiesta, borracho y sin avisarle a qué hora
pensaba llegar.
Bryan salió de la casa en busca
de respuesta a su malestar tanto fisiológico (guayabo) como sentimental,
(tristeza). Al llegar al parque se encuentra con un hermoso estanque rebosante
de agua, con tortugas nadando y peces ondeando sus aguas. Decide sentarse un
rato en la silla que estaba contigua al estanque. En ésta, se encontraba otra
persona de una edad mucho mayor a la de él. Con su cabellera despelucada,
canosa y con olor a escamas de pescado. En ese instante, el señor, que tenía
una bata con el nombre Darwin tejido en su pecho, comenta:
- - Los peces nadan de manera diferente a las
tortugas porque sus aletas son distintas y porque en su cardumen les enseñan que
deben andar juntos para poder sobrevivir.
Bryan, con su malestar producido
por las varias copas de ron que aún vibraban en su cabeza, le contesta:
- - ¿Pero si las tortugas solo comen verduras por qué los peces temen algo en ese estanque?
Darwin lo mira con una gran
sonrisa en el rostro y le responde con un tono muy alegre.
-
- - Porque su comportamiento está definido desde
hace muchos años gracias a su manera de habitar el mundo. Y además porque eso
les garantizará vivir por muchos más años estén donde estén. Si saben que en
manada pueden vivir mejor, no están dispuestos a probar suerte con otras
opciones. La naturaleza es sabia y sin embargo siempre estará dispuesta al
cambio si existieren mejores opciones para la supervivencia.
Bryan, inquieto por la lucidez de
aquel hombre algo desgarbado, medita sobre lo que acaba de escuchar y se
pregunta en voz alta,
- - pero ¿por qué tenemos que siempre hacer lo que
los demás nos dicen y si hacemos lo contrario la gente se molesta?
En ese preciso instante, un tipo
de mucha estatura que se encontraba de pie contemplando la vida en aquel
estanque e instante, alcanza a escuchar la pregunta de aquel chico molesto con
la vida y decide interrumpir la conversación de ellos diciendo:
- - Tal vez lo que teme todo ser humano es ver
enfurecido a otro, ya que eso puede ocasionar que el otro le genere algún
daño o sencillamente le incomode por el resto de su vida su mal gesto. La mente
humana tiene imágenes que le agradan y que le desagradan y estas a su vez le
generan diversos tipos de sensaciones con similares efectos, esto resulta ser
estructural en nuestra manera de comportarnos.
Bryan, muy extrañado con semejante
respuesta decide preguntarle su nombre a aquel sujeto que bien podría tener la
edad de su padre.
- - ¿Cómo te llamas?
Aquel hombre tan alto como un
estante, dio varios pasos hacia aquel inquieto chico y le contestó:
- - Puedes llamarme Titchener, ese es mi apellido,
porque es mejor que mi nombre pase desapercibido. Además de lo que se trata es
de honrar a mi familia.
Con semejante respuesta, Bryan se
fija que aquel hombre además de ser certero en sus afirmaciones y conclusiones
le gusta mucho referirse a lo interno de cada ser humano. Por ello, decide
preguntarle si su malestar físico producido por la ingesta de varias copas de
ron la divertida noche anterior, puede ser la razón de su tristeza:
- - Si yo estuviese enfermo, ¿eso podría afectar mi
estado de ánimo al punto de no querer honrar a mi familia?
Darwin sorprendido por aquella
pregunta se agarra el rostro con sus manos y se queja. Titchener mira fijamente
a los ojos a Bryan y le contesta:
- - Nada interno puede justificar lo externo. Por
eso ¡déjate de bobadas chico y ve más bien a hacer tus tareas!
Bryan más molesto aún y ahora con
sus ganas de vomitar a flor de piel decide dejar aquel apacible lugar y buscar
otro en el cual pueda desahogar aquel malestar. Encuentra de camino una casa
blanca con un bello árbol de Neem el cual es testigo la estrepitosa descarga de
fluidos de Bryan sobre el suelo donde ha sido sembrado.
Sudando pero más aliviado, Bryan
levanta la mirada y se topa con la ventana de aquella casa, llena de tubos de
ensayo, ratones recorriendo laberintos y un hombre con una bata blanca que fuma
un cigarrillo mientras recibe el viento desde aquella ventana. Aquel hombre lo
mira sin incomodarse en lo más mínimo y le dice a Bryan:
- - ¡Hey chico!, sabias que ese árbol espanta las
moscas y los zancudos de mi casa, pero ahora con tu vómito has puesto a prueba
su capacidad de repeler tan molestos insectos.
Bryan, algo incómodo pero con una
sensación de bienestar le sonríe apenado y agrega:
- - Señor en verdad discúlpeme pero no sabía que el
ron pudiera generar eso en mí. Hoy he aprendido la lección y creo que jamás
volveré a ingerir tanto alcohol. Enseguida echaré tierra encima de mis vómitos
para no generarle más molestias.
El hombre, baja el cigarrillo de
su boca y con una puntería certera lo arroja con sus dedos índice y pulgar
directo al montón de desechos de Bryan y le dice:
- - Muy bien chico, puedes entrar por aquella puerta
y buscar una pala para que puedas hacer eso. La pala está al fondo a mano
izquierda, enseguida de la pipeta de gas. Ten cuidado con hacer mucho ruido o
tropezarte con mi cristalería.
Bryan agradece el gesto de aquel
sujeto e ingresa a aquella casa llena de sorpresas. En efecto dicha casa era el
centro de experimentación con ratones que nunca en su vida había visto. Toma la pala,
se dirige hacia el árbol y procede a extraer un poco de tierra de una de sus
esquinas para echarla a sus viscosos líquidos con algo de la memoria de aquella
noche. Regresa a la casa a dejar la pala en el lugar que la había tomado y
decide cruzar algunas palabras con aquel extraño científico:
- - Señor muchas gracias y espero no volverlo a
incomodar pero quisiera saber ¿qué hacen esos ratones ahí en esas jaulas y
laberintos?
El hombre le responde:
- - Estoy analizando la capacidad de razonamiento de
los ratones para resolver tales acertijos. Puedo analizar a la vez si tienen la
suficiente memoria para poder encontrar la salida. Porque sospecho que son
animales muy astutos. Además, ¿qué tanto nos separa nuestra mente de la de
aquellos roedores?
El chico, sonríe y agrega:
- - Muy interesante pero yo creo que a su
experimento le falta una motivación para los ratones. ¿Qué tal si prueba con el
queso?
El hombre sorprendido con la
sugerencia sale rápidamente en busca de un trozo de queso de su gran nevera, lo
trae hacia el laboratorio y lo muestra a los ratones, deja que lo olfateen y
posteriormente lo pone al final del laberinto. Enseguida los ratones excitados
por aquel olor buscan desesperadamente salir del túnel, exploran rápidamente
muchas rutas hasta que uno de ellos logran el suculento trozo saborear.
El hombre, emocionado con lo
visto manifiesta:
- - Chico, por lo visto te gusta la ciencia. Mi
nombre es Wilhm Wundt y busco explorar la conciencia en los seres humanos y tú
has puesto un elemento que me permite concluir que el hambre de los ratones
estimula su capacidad de análisis, memoria y sentidos a la hora de lograr su
cometido. ¡Definitivamente lo interno está conectado profundamente con lo
externo, tal vez sea este el espacio de la conciencia!
Bryan, muy contento, sin malestar alguno y con
muchas ganas de seguir conversando con aquel científico le ofrece su amistad y
le pide que le enseñe a ser más práctico a la hora de buscar respuestas en su
vida. Desde ese preciso momento surge una amistad inseparable de un par de
sujetos que siempre se preguntan el ¿por qué en el mundo pasa lo que pasa?