EL AGUA Y LA TIERRA DIALOGAN

EL AGUA Y LA TIERRA DIALOGAN
Espiral infinita de vida es nuestro territorio.

lunes, 9 de agosto de 2021

HISTORIA DE VIDA DE HIPÓLITO MUCHAVISOY CHINDOY

 In memoriam (1956 - 2021) 

Desde pequeño a Hipólito Muchavisoy Chindoy la madre naturaleza lo llamó a una gran misión. Ser un Taita del pueblo Inga. Contó el abuelo, quien vivió hasta los 65 años, que su vida la marcó su abuelo sanador, Alejo Chindoy, con el cual “la pasamos tomando desde pequeño. Él me tenía elegido como yagecero. Uno de pequeño no piensa como los taitas. Todo es el miedo de la vida disciplinaria que ellos tienen, que no es un juego. Las nuevas generaciones empiezan a hacer como chiste a la medicina (yagé). Yo nunca pensaba, cuando fui niño,  llegar a ser taita, lo que era muy complicado”. Agrega que “la vida cuando era pequeño, tenía visiones muy especiales. Cuando tenía 5 o 6 años de vida, yo miré extraterrestres, sin saber qué era eso. Así mismo tenía visiones que miraba espíritus, el arco iris me perseguía cuando yo era muchacho, siempre me perseguía y yo terminaba dentro del arco iris. Ahora, el arco iris blanco en las noches que miraba, le he preguntado a los mayores y ellos nunca han visto eso”. Ahora en su Resguardo en Yunguillo, Putumayo, “había un taita mayor que a los nativos pobres cobrarles 100.000 pesos, 200.000 pesos la sanación, donde no había. En mi tierra era muy difícil mirar plata. Para mirar 50.000 toca trabajar mucho. Algún día pensé que si pudiera llegar al conocimiento le serviría completamente a mi pueblo”. Los Taitas son considerados orientadores y consejeros del pasado, presente y futuro. Son quienes ayudan a organizar, nombrar gobernadores de los cabildos, defienden el territorio de amenazas y fuerzas externas; enseñan cuentos, agradecimientos a Dios, a amar y vivir en armonía; son mediadores entre la comunidad, son los amos de los animales y criaturas de la selva. El Taita pasa la noche con el paciente en la toma de yagé y puede ver qué tiene realmente y realizar su sanación.


A lo largo de la historia de vida de Hipolito o Polo, como le gusta que le digan,  hijo de Benilda Chindoy y Quebubín Muchavisoy, nativos del pueblo inga, vieron en él de sus cuatro hijos, el único con vocación para ser sanador. Polo ha tomado en muchas partes de Colombia con diferentes personas, a los 18 años ya tomaba yagé solitariamente en alguna parte de las espesas selvas del Putumayo, gracias a sus conocimientos sobre la cocción de este brebaje ancestral. Luego de casarse con Irene Salazar, ya siendo sanador, pierde a su esposa, y se reencuentra con Devora Mutumbajoy, amiga de la infancia, la cual siempre ocupó un espacio especial en su corazón. Ella, al irse para el internado, Polo toma la decisión de internarse a las selvas del Caquetá en la década de los ochenta, con el ánimo de aprender de uno de los grandes sabedores del pueblo Inga, el fallecido Taita Hilario Peña, sabio con el cual se formó durante 8 meses, porque “el yagé no se aprende en pueblitos, se aprende en lo más profundo de las selvas, porque allá habitan los espíritus que enseñan”. El compromiso con la naturaleza y con Dios se sella en esas llanuras amazónicas caqueteñas con grandes porciones de yagé. Posteriormente se dirige hacia donde el pueblo A’i, más conocido como Cofán, gente de río que le infundió un amplio conocimiento sobre la farmacopea herbaria de las selvas del Putumayo. Con sabedores como el Taita Gavino, Aureliano Garreta y el ancestral Fernando Mendúa compartió durante cuatro años. Un tiempo después, Polo se dirige a las selvas que limitan con Perú y Ecuador para conocer del saber médico ancestral del pueblo Kichwa, quienes le enseñaron durante otros ocho años más aspectos de los profundos misterios de la sagrada naturaleza.

Posteriormente regresa a su casa en Yunguillo, Putumayo con el ánimo de volver a ver a su familia y en especial a su querida Devora Mutumbajoy buscando incansablemente su destino como pareja de una mujer inga. Él ya habiendo perfeccionado muchas de sus técnicas curativas guardó el secreto por dos años a su compañera Devora, conservando un bajo perfil que le permitiera conservar la humildad siendo un estudioso de los poderes de la naturaleza. En el Putumayo, su tío Cristobal Chindoy, sabedor de la magia del borrachero Brugmansia sp., en un proceso de tres años le hereda todo su conocimiento sobre el manejo de esta especial planta maestra. Permitiéndole curar a un loco de su pueblo y otras personas, lo cual le empieza a sembrar el interés de quedarse para siempre en su resguardo y brindar sus conocimientos por el bien de sus “paisanos”. Por cosas de la medicina del yagé, el Taita Querubín Queta Alvarado, sabio curaca A’i, llega al Resguardo de Yunguillo a curar indígenas, es ahí donde se conocen con Hipolito Muchavisoy, cuando tenía tan solo 27 años, y lo invita a terminar su proceso con la ambiwaska, ya que si no cerraba ese ciclo podría estar muriendo por los peligros que conlleva manejar dichas energías. En ese proceso se internó en las selvas de Jardines de Sucumbíos durante un año y seis meses, aprendiendo el modelo para poder andar curando en ciudades sin enfermarse. Tomó yagé con otros Taitas como Gavino Chindoy, Guillermo Lucitante y Querubín Queta quienes le enseñaron a tomar yagé en grandes porciones.


Superar pruebas tan difíciles como separarse de la familia por muchos años, estar ciego por un tiempo, o aguantar las grandes ingestas de yagé con sabios taitas, acreditan su bagaje como hombre de conocimiento; tales sacrificios forjan y funden su espíritu con lo divino de la naturaleza, o lo que él llama “tener corona, tener el poder para poder ejercer todos los trabajos en cualquier parte”. Así mismo, sus pacientes curados, los humanos orientados y los procesos guiados le terminan finiquitando sus conexiones vitales con el espíritu de la comunidad. Su mirada, su respiración, su forma de caminar, su manera de hablar, cantar y danzar, definen de un modo de vida particular, un hombre yagecero. Manejar la planta sagrada del yagé en la comunidad, como un sacramento espiritual, él es quien forma grupos de jóvenes para enseñar esta ciencia, él protege con su poder al gobernador de la comunidad mediante curaciones, velando por el bienestar de la misma, es sincero en cuanto a su capacidad de curar, cuando algo no está en sus manos y descubre que se trata de la voluntad de Dios, reconoce sus límites, en sus ritos y curaciones trabaja con la ayuda de Dios para el bien de la humanidad. ´

Él recomienda tomar remedio (yagé) en casas del saber con “Taitas” reconocidos, para que guíen a quienes participan de las sesiones de ingesta de yagé, porque es una purga íntegra que purifica el cuerpo, la mente y el alma. Las reacciones del remedio se sienten según el comportamiento de cada persona, este le permite conocerse, mirarse desde otros puntos de vista: ¿quién soy?, ¿qué he hecho?, ¿a dónde voy? y ¿qué quiero ser?, grandes preguntas de todo ser humano empiezan a ser contestadas por un espíritu que está más allá de la razón y la fe de cualquier ser humano.


Por otro lado, la música con instrumentos empieza a complementar las ceremonias debido a los muchos desórdenes que Hipolito evidenció en los seres humanos de las ciudades, quienes al verse expuestos a múltiples males que emergen desde sus adentros con las purgas del yagé, decide componer armonías que transmitan otras maneras de pensar, hablar y vivir en amor y paz. Esto le ha valido de muchos reconocimientos por su pasión y entrega a la hora de cantar, lo cual también hace parte de la sanación. Taita Polo ha viajado a todas las regiones de Colombia, brindando la medicina del yagé a “los que quieran sanarse y aprender a vivir bien”, asimismo ha sido representante por Colombia en el Encuentro de Naciones Hermanas Omawari en México los días 24 al 26 de septiembre del año 2012. En el VI Simposio Internacional Cultura y Droga en 2011, expuso a reconocidos médicos cómo funcionan muchas de las plantas que están en listado de las aproximadamente 200 plantas medicinales que él sabe manejar para cientos de enfermedades. Tal vez por esto él afirma que una de sus mayores riquezas es su cantidad de amigos y amigas que siempre estarán dispuestos a abrirle las puertas a un abuelo sabio que les sacó de algún apuro en un punto de sus vidas.

Su camino nunca terminará porque el conocimiento no tiene límites, él insiste que “para ser yagecero toca aprender a viajar por otros planetas también”, pero su gran aliada, la madre naturaleza presente en las tomas de yagé siempre le brindará más fuerzas y motivaciones para seguir curando, cantando y danzando por la eternidad.


Elaborado por

Jesús Anderson García Rivera.

Ingeniero Agroecólogo

jesus.chuchoworld@gmail.com